19 de septiembre de 2003

Por: Armando de Armas

Ya a mediados del siglo pasado Carlos Gustavo Jung alertaba sobre la catástrofe que acecha a Occidente desde su flamante entrada en la modernidad; no por la modernidad misma, sino por la neurosis colectiva que produce el distanciamiento del hombre de lo numinoso, la sustitución del símbolo por el dogma de la racionalidad y su entrega sin límites a la religion de lo banal. Si algo así se hacía patente para el célebre siquiatra en los idílicos 50, qué dejaríamos para este inicio de siglo en que la globalización es un hecho con todas sus implicaciones en la cotidianidad (de la prosperidad al terrorismo), la vida se robotiza cada vez más y a través de Internet se puede tener sexo y misa y hasta un solar en la luna.

Es aquí donde los hijos de la viuda* pueden ofrecer un producto para el mercado de la reconstrucción de Cuba en el postcomunismo. Contrariamente a cierta corriente dentro de la masonería que a tono con los tiempos, o con la chatez de los tiempos, ha venido postulando una suerte de secularización de la orden, una negación de su carácter secreto, un desdorar del misterio de sus orígenes y su actividad ocultista en el apuntalamiento de una imagen de corporación, o peor, de iglesia de la liberación o de ONG al uso de la correccción política con tufo marxistoide (corriente preocupada quizá por la sobrevivencia de las logias en una época de uniformidad tal que no establece muchas diferencias entre la arquitectura de un templo y la de una sucursal de seguros o entre la vestimenta de un sacerdote y la de un vendedor de dentríficos).

Opuesto a lo anterior la masonería puede ofrecer a los iniciados un asidero para no caer en el absurdo, una liberación del sentimiento de no pertenencia y desajuste propios de una era de velocidades de espanto, no los sustraerá de las velocidades, pero los ayudará a no desintegrarse en el vacío de la apresurada nada. Les otorgará, en suma, un secreto y la práctica de un ritual; suena novelesco verdad, pues no crea, el hombre en posesión de un secreto nunca está solo en lo que Jung llamó el camino de la individuación, en el sendero del ser en el alejamiento del rebaño hacia la conquista de las cumbres, y por otra parte, el adepto que eficazmente convoca fuerzas anímicas en un ritual no es un simple pedigueño del favor divino, es alguien que repentinamente adquiere dignidad de socio en el negociado de Dios.

Más concreto; los hijos de la viuda no harán como esos descerebrados de la antiglobalización, sino que dotarán al individuo alerta de un instrumento para navegar con cierta seguridad, y hasta con suerte, por los procelosos e inevitables mares de la globalización; y puesta la isla en la vía de la aldea mundial tienen los hombres de la escuadra y el compás la obligación y la capacidad de ir tras los valores económicos (los únicos según Federick Hayek), los que en este plano permiten el acceso a los valores del espíritu. A fin de cuentas los masones tienen como grupo al menos cinco de las virtudes para triunfar en el mundo empresarial, a saber, confiabilidad, honestidad, organización, disciplina y sentido del manejo de las finanzas; a lo que habría que añadir fraternidad y cooperativismo.

Para el futuro de Cuba no sería arriesgado pensar en la creación de consorcios financieros masónicos, en un sistema de créditos a bajo interés para comerciantes iniciados, y en la formación de grandes y pequeñas cooperativas de laboriosos hermanos; es decir, instauración de la logia-empresa. Todo lo cual estaría favorecido por la existencia de una amplia red de relaciones internacionales cimentada durante siglos en la condición universal de la orden. Tampoco es descabellado pensar en un trabajo paralelo para intentar desplazar el predominio presente, vaticinado por Gramsci, que obstenta la izquierda reaccionaria y tercermundista en la intelectualidad, los medios de prensa, las universidades, los escritores y las editoriales hacia la más benigna influencia de los hijos de la viuda.

Y en esta faena desintoxicadora de la cultura los hombres del mandil han de tener, por duro que pueda sonar, la libertad de impedir si fuese necesario el bien moral conocido y hacer el mal reconocido como tal, si se quiere alcanzar la decision ética (como decía Jung); porque al fin y al cabo se trata de dar el tiro de gracia al bolchevismo, a esa cosa que el propio Jung supo identificar (junto al nazismo) como manifestación del mal por excelencia, sin ambagues y sin afeites.

Estos apuntes (enfocados en el futuro de la isla pero que podrían proyectarse internacionalmente) intentan mostrar, contra la opinion de muchos, que los hijos de la viuda para sobrevivir a la tiranía actual de la masificación y el mal gusto no tienen que hacer como esos patéticos predicadores de puerta en puerta, vendedores de seguros de vida en el cielo, sino que bastará con que apelen a su leyenda, mejor, a su historia, o a su activa participación en la historia; ? o es que alguien osará soslayar que el mundo político actual, el estado moderno y liberal, se gestó en buena medida en el laboreo de sus logias desde finales del XVIII?, por poner una fecha.

*Hijos de la viuda es como se nombra a los hermanos masones en lenguaje esóterico.*