Por:
Armando de Armas
Ya a mediados del siglo pasado Carlos Gustavo Jung alertaba sobre
la catástrofe que acecha a Occidente desde su flamante entrada
en la modernidad; no por la modernidad misma, sino por la neurosis
colectiva que produce el distanciamiento del hombre de lo numinoso,
la sustitución del símbolo por el dogma de la racionalidad
y su entrega sin límites a la religion de lo banal. Si algo
así se hacía patente para el célebre siquiatra
en los idílicos 50, qué dejaríamos para este
inicio de siglo en que la globalización es un hecho con todas
sus implicaciones en la cotidianidad (de la prosperidad al terrorismo),
la vida se robotiza cada vez más y a través de Internet
se puede tener sexo y misa y hasta un solar en la luna.
Es aquí
donde los hijos de la viuda* pueden ofrecer un producto para el
mercado de la reconstrucción de Cuba en el postcomunismo.
Contrariamente a cierta corriente dentro de la masonería
que a tono con los tiempos, o con la chatez de los tiempos, ha venido
postulando una suerte de secularización de la orden, una
negación de su carácter secreto, un desdorar del misterio
de sus orígenes y su actividad ocultista en el apuntalamiento
de una imagen de corporación, o peor, de iglesia de la liberación
o de ONG al uso de la correccción política con tufo
marxistoide (corriente preocupada quizá por la sobrevivencia
de las logias en una época de uniformidad tal que no establece
muchas diferencias entre la arquitectura de un templo y la de una
sucursal de seguros o entre la vestimenta de un sacerdote y la de
un vendedor de dentríficos).
Opuesto a lo
anterior la masonería puede ofrecer a los iniciados un asidero
para no caer en el absurdo, una liberación del sentimiento
de no pertenencia y desajuste propios de una era de velocidades
de espanto, no los sustraerá de las velocidades, pero los
ayudará a no desintegrarse en el vacío de la apresurada
nada. Les otorgará, en suma, un secreto y la práctica
de un ritual; suena novelesco verdad, pues no crea, el hombre en
posesión de un secreto nunca está solo en lo que Jung
llamó el camino de la individuación, en el sendero
del ser en el alejamiento del rebaño hacia la conquista de
las cumbres, y por otra parte, el adepto que eficazmente convoca
fuerzas anímicas en un ritual no es un simple pedigueño
del favor divino, es alguien que repentinamente adquiere dignidad
de socio en el negociado de Dios.
Más concreto;
los hijos de la viuda no harán como esos descerebrados de
la antiglobalización, sino que dotarán al individuo
alerta de un instrumento para navegar con cierta seguridad, y hasta
con suerte, por los procelosos e inevitables mares de la globalización;
y puesta la isla en la vía de la aldea mundial tienen los
hombres de la escuadra y el compás la obligación y
la capacidad de ir tras los valores económicos (los únicos
según Federick Hayek), los que en este plano permiten el
acceso a los valores del espíritu. A fin de cuentas los masones
tienen como grupo al menos cinco de las virtudes para triunfar en
el mundo empresarial, a saber, confiabilidad, honestidad, organización,
disciplina y sentido del manejo de las finanzas; a lo que habría
que añadir fraternidad y cooperativismo.
Para el futuro
de Cuba no sería arriesgado pensar en la creación
de consorcios financieros masónicos, en un sistema de créditos
a bajo interés para comerciantes iniciados, y en la formación
de grandes y pequeñas cooperativas de laboriosos hermanos;
es decir, instauración de la logia-empresa. Todo lo cual
estaría favorecido por la existencia de una amplia red de
relaciones internacionales cimentada durante siglos en la condición
universal de la orden. Tampoco es descabellado pensar en un trabajo
paralelo para intentar desplazar el predominio presente, vaticinado
por Gramsci, que obstenta la izquierda reaccionaria y tercermundista
en la intelectualidad, los medios de prensa, las universidades,
los escritores y las editoriales hacia la más benigna influencia
de los hijos de la viuda.
Y en esta faena
desintoxicadora de la cultura los hombres del mandil han de tener,
por duro que pueda sonar, la libertad de impedir si fuese necesario
el bien moral conocido y hacer el mal reconocido como tal, si se
quiere alcanzar la decision ética (como decía Jung);
porque al fin y al cabo se trata de dar el tiro de gracia al bolchevismo,
a esa cosa que el propio Jung supo identificar (junto al nazismo)
como manifestación del mal por excelencia, sin ambagues y
sin afeites.
Estos apuntes
(enfocados en el futuro de la isla pero que podrían proyectarse
internacionalmente) intentan mostrar, contra la opinion de muchos,
que los hijos de la viuda para sobrevivir a la tiranía actual
de la masificación y el mal gusto no tienen que hacer como
esos patéticos predicadores de puerta en puerta, vendedores
de seguros de vida en el cielo, sino que bastará con que
apelen a su leyenda, mejor, a su historia, o a su activa participación
en la historia; ? o es que alguien osará soslayar que el
mundo político actual, el estado moderno y liberal, se gestó
en buena medida en el laboreo de sus logias desde finales del XVIII?,
por poner una fecha.
*Hijos de la viuda es como se nombra a los hermanos
masones en lenguaje esóterico.*